Una mirada sobre el erotismo y la pornografía en Madame Edwarda


«El ser nos es retirado, debemos buscarlo en el sentimiento de la muerte, en esos momentos intolerables en que nos parece que nos morimos, porque el ser ya no está en nosotros más que por exceso, cuando la plenitud del horror y del placer coinciden». Bataille

La mano de Bataille escribe la pulsión de ver no satisfecha. Nos desafía cuando alude a la risa que el miedo provoca, ante lo que la palabra reproduce en el obsceno. ¿Cuál es el reino de este juego de ausencias y de presencias? Sus muchachas furtivas arman una cadena que clausura toda distancia. La cercanía de las imágenes deseosas y deseadas, desnudan la intensidad del hombre. Los medios fofos de las carnes abren el paso a la taberna.
¿Será pornográfico este sujeto visible? Si, como dice Baudrillard, la obscenidad requiere de la no contemplación, la obscenidad no oculta, entonces el terror de las antinomias en el texto convierte lo repleto en un desierto. La ruptura es la de un vidrio gimiendo de terror ante la estrangulada. Avance y retroceso del abandono en presencia. La prostituta será quien se coloque delante. El pro statuere de la grandeza opuesta al placer, también objeto de la representación carente de distancia. No quedan rastros, ni huellas del sujeto. El trastorno se convierte en lo fijo, lo estático, lo normado. Frente a la mujer pública, el goce de los entresijos provoca una sonrisa infinita. La seducción vincula, por momentos, y transfigura el juego estético entre erotismo y obscenidad. Pérdida como estado de permanencia. Titubeo, más allá de la microfísica del deseo. Nada hay que se pueda ocultar a la mirada.
Madame Edwarda descansa su desnudez en la mesa del carnicero. Sacrificio, faena, muerte en esta crisis de representación estética que ironiza los límites del arte. Los múltiplos de la cópula abren a la infinitud del corazón vacío. Reducción de la mirada escópica. Reducción al abismo. Todo sucede en la zozobra y en la gravedad. El registro discursivo retorna sintomático. Transposición de la polaridad: la parte maldita y su dimensión de exterioridad.
Bataille fragmenta la lógica del cuerpo. La tensión del goce sobrepasa la significancia del sentido. Si la angustia ordena detenerse, el hombre avanza ávido, en un gesto excesivo. La deconstrucción nos devuelve el fetiche y no se puede dudar un solo instante de que reina la muerte. Pensamos en la profanación, en el soporte de lo inasible de un despertar furioso luego de la convulsión y de la huída. La respuesta al ahogo focaliza la angustia. Regreso al objeto que se ve: una Edwarda fugaz; desgarrada y descompuesta. El poder obstinado de la imagen sin velos ante la mirada voraz del mal augurio. Una práctica de escritura contraria a cualquier forma de desvinculación, en un viaje fuera de escena, y nosotros, perplejos lectores, enfrentados al principio de la muerte como continuidad.


©Silvia Camerotto

imagen de Vitaliy y Elena Vasilieva© – NO ART, en Uno de los nuestros

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